Psicología y Astrología

Gonzalo Pérez Benavides (2008)
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Gonzalo Pérez Benavides, nacido en Santiago en 1950, pertenece a esa ardiente generación que se entregó a la gran ola creativa y visionaria de los años 60.
Graduado en Psicología en la Universidad de Chile, fue desarrollándose como un pionero de la psicoterapia orientada a la evolución de la conciencia y su conexión con un universo viviente.
Fascinado por la investigación de los misterios del mundo interno, estudió con variados maestros y maestras, convirtiéndose en un reconocido experto en mitos, símbolos, sueños, y tradiciones espirituales de sabiduría.
En el libro UN ESPEJO CÓSMICO (Editorial Catalonia, octubre 2008) presenta los signos astrológicos como un código revelador de la inteligencia del alma en su secreto viaje a la plenitud.


Un Espejo Cósmico

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Paulina Peñafiel (9 969 6668) o Cristián Moreno (9 414 6572),
excelentes profesores formados con Gonzalo.



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¡CIELOS!... ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?
(2012, hora decisiva en el reloj de la Humanidad)

Por Gonzalo Pérez

Vivimos uno de los tiempos más excitantes y auspiciosos de la historia de la humanidad. Nunca, como ahora, el largo anhelo colectivo por la Tierra Prometida, un anhelo tan universal como el anhelo de ser amado, ha estado tan cerca de materializarse. Tan cerca de traducirse en concreta y gozosa realidad en nuestras vidas, de hacerse carne en nuestro cuerpo y el cuerpo de la humanidad... (Más).








HACE 20 AÑOS, EN CANAL 13
Inesperadamente, apareció en Youtube este video donde Pedro Engel, Lalya Schoedar y yo estamos Almorzando en el 13, un día martes 13 de noviembre de 1990, recién iniciada la Guerra del Golfo con Bush padre y Saddam Hussein. Una curiosidad interesante. Ver aquí
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Me enviaron recién esta reveladora entrevista al psicólogo/astrólogo que ha iluminado mi navegación transpersonal en la astrología: Richard Tarnas (nacido en Piscis el mismo año 50). Cada vez que leo algo suyo quedo atónito con su maestría (leer entrevista).
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Anticipo inédito de mi próximo libro:

NUESTRO ÚNICO VIAJE

¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos?


No sé bien cuándo empecé a hacerme estas preguntas, pero hacia los últimos años de la infancia ya eran foco frecuente de mi atención y reflexiones. ¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos? A muchos les ocurre, en esa edad seria e inocente que antecede a la vorágine de la pubertad.

Corresponde a la intuición espontánea de pertenecer a un gran todo, cuyo devenir influirá inevitablemente en la propia felicidad.

Mi observación de niño encontraba muchas señas alentadoras sobre el estado y pronóstico de la humanidad, o del Hombre, como se decía entonces. Desde luego, los horrores de la última guerra mundial habían quedado atrás. El mundo progresaba aliviado, complacido. Europa y Japón se reconstruían con éxito; en un edificio alto y moderno de la ciudad de Nueva York, representantes de todos los países se reunían permanentemente para garantizar que las Naciones Unidas siempre mantuvieran la paz.

Los avances científicos eran impresionantes. Naves espaciales se aventuraban por el misterio exterior. Todos los días descubrían o inventaban soluciones a enfermedades o problemas; nuevas máquinas facilitaban en forma increíble el trabajo, la comunicación a distancia, los desplazamientos, la automatización. Con esas ayudas, la pobreza y el subdesarrollo iban a desaparecer a corto plazo. Se había propuesto un idioma universal, el esperanto, para que todos nos entendiéramos.
En las calles aparecían autos largos y futuristas. Cada vez veíamos más películas en colores. Un sueño muy esperado se hacía realidad: ¡llegaba la televisión al país! Razones para estar optimista, había.

Sin embargo, recuerdo la tarde de colegio en que la sombra colectiva me ocultó por primera vez ese sol prometedor. Todavía puedo sentir en el cuerpo la sensación funesta de frío e invisible oscuridad. Tocaba clase de matemáticas, pero varios compañeros llevaban radios portátiles que transmitían incesantemente sobre la amenaza inminente de una guerra, esta vez de destrucción nuclear: la crisis de los misiles a inicios de los sesenta. El mundo colgaba de un hilo. Se repetía la palabra Hiroshima, y su efecto era como el de un gas irrespirable.

Era excepcional aquella profesora de matemáticas. Con serena autoridad, nos trajo de vuelta a lo inmediato: el peligro era real, pero distante aún. El álgebra y la vida debían continuar.

Mi confianza en una humanidad que había recapacitado y enmendado el rumbo comenzó a resquebrajarse. Crecía, en cambio, una duda sobre la madurez de la especie para decidir su propio destino.

Eran los tiempos de la Guerra Fría, una guerra que todos esperábamos mantuviera baja su temperatura, porque, de subir, llegaríamos pronto a un enfrentamiento con resultado inevitable de catástrofe final. Un suicidio planetario sin día después.

Angustiaba confirmar que los hombres seguían creyendo que matar podía remediar alguna cosa. Pero no era lo único. Otras noticias tampoco presagiaban nada bueno. Se hablaba de una explosión alarmante, potencialmente más destructiva que ninguna otra, la explosión demográfica. Los progresos de la medicina estaban cambiando los equilibrios históricos entre nacimientos y supervivencia, y los humanos nos multiplicábamos como nunca antes. Se podía prever un crecimiento monstruoso de las ciudades y una expansión incontrolable de la miseria.

Y, si nuestro trato habitual a la naturaleza se multiplicaba también, con aún más explotación y más desechos, muy luego tendríamos un medio ambiente muriendo de contaminación y abuso.

Con el cielo azulado del Santiago de Chile de entonces, costaba imaginarlo, pero esas proyecciones venían de estudios científicos muy serios. Los tóxicos que nuestra actividad industrial eliminaba iban a envenenar el aire, los ríos, la tierra misma; en pocas décadas, el agua pura terminaría siendo el bien más escaso. En algunas partes, ya ocurría.
Gonzalo Pérez en su infancia

La destrucción del tesoro vivo se aceleraba día a día. Los bosques milenarios estaban siendo convertidos en papel desechable, y muchas especies se extinguían para siempre: árboles inmensos, hierbas con poderes curativos, mariposas, pájaros, tigres, ballenas…

Mi futuro de ciudadano del planeta, con una vida entera por delante, ya no me parecía tan auspicioso. El mundo en que me tocaba ser era un mundo amenazado.
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A continuación, la entrevista de Pía Rajetvic a Gonzalo Pérez para la revista Mujer del diario La Tercera (Domingo 2 de noviembre de 2008).

Gonzalo Pérez y su ópera prima
El viaje de un sicólogo hacia la astrología

Precursor en Chile de la sicología astrológica, este terapeuta ha hecho escuela y muchos jóvenes sicólogos lo siguen. Y a tres décadas de iniciado el camino que lo llevó a comprobar la solidez científica de la astrología y a convertirla en herramienta terapéutica, plasma en su primer libro todo su conocimiento. Ahí invita a navegar por los 12 signos del zodiaco "para conectar con los misterios del alma" (más).



GONZALO PÉREZ BENAVIDES
Psicología & Astrología

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